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CUENTO CINEMATÓFAGO SOBRE TAMBORES DE HOJALATA - PENTA NAVIDEÑA (2014 - 2022)

    Teniendo siete años y siendo ya el encargado en clase de apuntar en la pizarra a los alumnos que no guardaban la compostura las veces que doña Eloísa tenía que ausentarse por algo que la pasaba debajo de un almendro, vi a los Reyes Magos. Y no es que me quedase esperando a que vinieran - que también, claro. Fue algo, digamos, fortuito y que, en el fondo, visto ahora, tiene cierta gracia... ¿poética? El caso es que tenía siete años y me había levantado a mear porque me había bebido la leche que dejó mi madre para los camellos. Lo había hecho yo a modo de mofa por esa farsa de los Reyes Magos, en la que nunca llegué a creer, pues siempre supe que era el esfuerzo de mis padres por ofrecerme la mejor mierda que pudieran conseguir con sus ridículos y mal pagados trabajos. El caso es que me había puesto morado y me entraron ganas de orinar a las tantas. Mientras bajaba al baño, desde la escalera, los vi. Los Reyes Magos. Los Tres Reyes Magos de Oriente. Tres fantasmas muy tristes, escuálidos, andrajosos en sus vestimentas regias, atados por los pies entre ellos a una cadena de plata, que, con triste ceremonia, dejaron sobre mis zapatillas vacías oro, incienso y mirra. Luego se fueron, se difuminaron en la oscuridad del salón, abriendo mucho las bocas y los ojos mientras desaparecían al mismo tiempo que echaban a caminar. Todo en el más absoluto silencio. Luego bajaron mis padres. Había pasado como una hora y yo ya estaba en la cama, pegando la oreja y fingiendo que dormía. Oí el ruido de bolsas, el llenarse de vasos y el crujir de papel de regalo. Cuando bajamos a la mañana siguiente, desenvolví un coche teledirigido, un Airgam Boy y un plumier.

LA PRIMERA COMIDA DEL AÑO - PENTA NAVIDEÑA (2014 - 2022)

  
    Desperté boca arriaba encima de una cama. Sin encender luz alguna, respiré profundamente y estiré mi joven y delgado cuerpo de veinteañero. Sentí el pequeño y gratificante dolor al tensar los músculos después de una borrachera como aquella. Abrí los ojos para ir acostumbrándome a esos hermosos ojos verdes de la noche. Una enorme foto de cuerpo entero en blanco y negro de Pessoa ocupaba la parte que coincidía con el largo de la cama. El blanco de la foto parecía brillar tenuemente en la oscuridad, y estaba colocada de tal forma, que mi nueva cabeza coincida exactamente con la de aquel hombre hueco de gafitas redondas. Según los ojos se me acostumbraban a la oscuridad, la imagen se hacía cada vez más nítida. Cerré los ojos. Eras un personaje. Me sonreí recordando lo que habría pasado por esa cabecita para acabar poniendo eso ahí. Tenías que serlo, porque brillabas como una señal de alerta, delicioso.

    Ruidos provenientes de la planta baja, me hablaron de la actividad que había en la casa. Una casa grande por donde correteaban al menos 10 o 12 humanos, de edades que iban del nonato al nonagenario. Metí los restos y el revoltijo de ropa en una bolsa grande de deporte que, tanteando, encontré debajo de la cama. Bajé a desayunar, o a comer, o a lo que tocase.

    Saludé y todos me dieron los buenos días. Cada uno de una manera distinta, más o menos perceptible, más o menos aparatosa. Uno de los hombres adultos, poniendo sus labios muy cerca de mi oído al abrazarme, me pidió que le contara luego, con pelos y señales, lo de la pelirroja de ayer. Yo sonreía mientras iba sintiendo una lenta oleada de calor mezclada con una agradable y pastosa sensación de hambre que se concentraba en mi boca. Un cuenco de consomé caliente y una caricia en la nuca. Un beso y enseres cruzando por encima de la mesa, de mano a mano. Una mujer muy mayor, con ojos negros y pequeños, me miraba y se sonreía, moviendo ligeramente la cabeza. Me recordaba a uno de aquellos mascarones del Coro en las Tragedias de mi querido sosia ¿o eran Comedias? Cronos es más lento, pero igual que la negra Ker: todo lo acaba borrando, aunque antes lo morfa. Mientras metía la cuchara llena de consomé en mi boca y notaba cómo el organismo recién estrenado agradecía aquel líquido espeso y caliente, tuve la certeza de que podría quedarme para siempre en ese cuerpo y no volver a conseguir otro anfitrión. Fue un hermoso pensamiento que enseguida se desintegró ante el recuerdo del plazo de tiempo del que disponía. Y de lo que debía hacer.

LAS UVAS - PENTA NAVIDEÑA (2013 -2021)

    
    Una por una, va preparando con sumo cuidado cada una de las uvas, dejándolas después organizadas en docenas, cada una dentro de un pequeño cuenco de cristal. Los mismos 16 cuencos de cristal en los que había comido las uvas cada Nochevieja desde que recordaba haberlo hecho. Aunque no siempre habían sido necesarios los 16, nunca habían hecho falta más de 16 cuencos para tomar las uvas cada año. Lo había comentado con su hermana esa misma mañana, mientras los sacaban de la caja en la que pasaban el resto del año cogiendo polvo en el armario de su piso en la ciudad. Se guardó para ella que esa caja con los cuencos de cristal era como una forma de obligarla a asistir cada año a la casa familiar y que su hermana había previsto desde el día que, en el reparto, la endilgó la caja de los cuencos, junto a las otras cosas pertenecientes a la larga lista de fantasmas de una familia enraizada en el pueblo como la suya. Y así había funcionado cada año el efecto retorno de la caja de los cuencos para las uvas de Nochevieja. Hasta este marzo, que tuvo que volverse a aquella casa del pueblo en la calle Jacintos, junto a la almazara, ya que tenía que seguir con lo del juicio y los gastos para poder cobrar lo que la debían (porque se lo debían) y por fin poder recuperar la vida de escultora postpunk que había dejado aparcada hacía 17 años por un traje de dos piezas gris marengo y un portátil.

    Su hermana, que ostentaba el cargo de Memorión familiar, había estado de acuerdo con ella en el comentario que en el párrafo anterior nuestra protagonista había hecho sobre la longevidad y el número de cuencos de cristal, y dijo: Salvo el año del disgusto del idiota de tu hermano que fuimos 8, los demás años siempre entre 14 y 16. No siempre familia-familia, pero siempre, por hache o por be, entre 14 y 16. Había sentenciado esa mañana, tiesa sobre la silla, después de haberlo pensado unos 45 segundos.

    Volviendo a la cocina, nuestra protagonista seguía de espaldas, preparando los cuencos de uvas. Preparaba y pensaba en la imagen que debía ofrecer su hermana, con el brazo escayolado y el collarín, detrás suyo, haciendo otra disertación tan exacta y enérgica como la de la mañana. Se sonrío porque le pareció de lo más ridícula. ¡Ay, la pobre, mira que haberse caído “de una silla” justo una semana antes de la gran cena de Nochevieja! ¡Justo el día de su aniversario, el 28! De una silla, la pobre, en plena noche, qué mala pata…. Y venga a intentar desde su silla organizarlo todo, estar a todo… a su Carlines y su Andresín; sobre todo – a ella. Incluso escayolada y con el collarín, la pobre. Pero no le extrañaba, ya que su hermana siempre lo organizaba todo. Sobre todo, desde que Madre empezó a perder la cabeza. Sin darse la vuelta y sin dejar de preparar las uvas, piensa en la pobre hermana ahí, como un muñeco de esos de goma que tenían alambre por dentro y se quedaban tiesos en cualquier postura, pata pa acá, brazo pa allá. Se da la vuelta y lo que ve es como un murgaño de escayola con la cabeza erguida coronada por un pelo fosco, tupido, gris y abultado, que le da el aspecto de una de esas figuras de los griegos… una de esas cariátides, o una de esas vestales, o no, ya está, ya está: ¡la Esfinge de Edipo!... Bueno, el caso es que la pobre intentaba desde la silla seguir organizando la cena, como había hecho siempre. Organizar la cena, y muchas cosas más.

    Con sumo cuidado, termina de preparar la última uva. Venga, te llevo al salón que esto ya está. No te preocupes que ya he preparado todo… Las de Carlines también, no te preocupes, que esas van peladas y sin pipa, y las de Andresín, en papel albal, como dice su religión. No me he olvidado tampoco de las de Elenita, muy maja, ¿no? Y las tuyas, bien grandes, que me han dicho que dan suerte, hermana, y este año verás que todo va a irte mucho mejor.

    ¿Mejor? ¿Mejor de qué? no me hace falta. Yo lo que quiero es salud para que mi Carlines y mi Andresín sigan tan bien como están ahora, colocados en el banco y ahorrando para cuando vengan las gangas y que no les pase como a ti, que mira ahora, viviendo en esta casa llena de humedades, teniendo que pagar todavía el crédito que te dije cien veces que mejor te lo dejaba yo y tú que no querías tenerme que deber nada y tal y pascual, y mira ahora, en esta casa tan vieja y con todas esas cosas de madre y de abuela y la dote y los vestidos de la tía Encarnación, que son de antes de la guerra y que nos los dejaron cuando se la llevaron a la clínica. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de lo que nos contaba Madre? Que la tía Encarnación salía a la calle del Barranco a pasear los domingos después de misa, engalanada con todo el copete de los viejos trajes que trajo su difunto de ultramar, con el carrito de bebés tan bonito, del siglo diecinueve por lo menos…. Ella, que todo el mundo sabía que no podía tener hijos por lo de su marido. Y en el carrito metía a los cochinos chicos, y los ponía lazos y la gente se para a mirar, acercaban el hocico y luego salían escopetados, dando un estufío…. Vamos que aquí tú no te vas a poder quedar mucho, que eres muy aprensiva y las dos sabemos qué te pasa a ti con esta casa, porque….

    Coge por las asas la silla de la hermana, que no deja de hacer apreciaciones, y la gira para ponerla en dirección al pasillo oscuro, cuya luz amarilla al final, anuncia el salón en el que están los otros 14 comensales. Mientras empuja la silla y asiente ante los comentarios de la hermana, que se van quedando como alimañas agarradas a la oscuridad del pasillo, le da una especie de sacudida cervical que le hace ponerse tiesa y apretar las quijadas hasta rechinar los dientes. Es miedo, pero a pesar del impacto, y después del pequeño trance, se recompone.

    ¿Te pasa algo, niña? porque parece que te ha picado un arraclán. ¿Te acuerdas cuando yo maté uno así de grande, negro, que se te había subido a la mano y te iba a picar? ¿Eh? Tú estabas como paralizada, si no llega a ser por mí, te mata allí mismo. Claro, que al final el que murió fue él, no te jode…

    Empuja la silla y piensa en Orfeo, un escorpión disecado dentro de un tintero que le regaló su primer novio y que la hermana machacó con una pala la misma noche de verano en que Ignacio se lo regaló.

    Por fin llegan al salón de caliente luz amarilla. Todos aplauden la llegada de la Esfinge, y el pestazo a laca, hace que algunas de las velas del centro de la mesa aviven su llama. Se enredan en la conversación con los demás. Pasa el tiempo. Se espera hasta servir el segundo plato, un guiso de pulpo, tradición familiar desde que el difunto marido de la Encarnación se vino de las Américas. Un plato celebrado con aprobación y escándalo por los comensales de más edad, achispados en su mayoría gracias al trasiego de vinos; tinto duro de la tierra, después de los rosados y blancos espumosos que habían acompañado desde el principio la cena como una hora larga antes de que ésta realmente empezara a servirse sobre los manteles en una ristra de platos. De la parte de comensales que, por su edad, no habían participado del culto a Saturno, no había problema: la nueva novia de Andresín los tenía muy entretenidos en la mesa redonda donde los había apartado para poder controlarlos mejor. La chica hacía méritos y algo en sus ojos, le había dado la sensación al verla por primera vez, la hacía perfecta para estar allí hoy.

    Volvemos a la cocina. Ahora está ella sola en esa sala grande, suya y ajena, a pesar de haber crecido en ella y llevar allí viviendo desde marzo. Ajena y desordenada, debido al trasiego de la última cena del año y su falta de maña para preparar una cena para 16, sin más ayuda que la de una Pepita Grillada, parapléjica obsesiva y con cabeza de Esfinge. Se acerca a los cuencos que tiene ordenados en la encimera y se percata que todo el mundo desde la distancia está ocupado en el salón. Con el sumo cuidado que dan unas manos expertas, va inyectando en cada uva el contenido de todos estos años, inodoro, incoloro e insípido, con el que se iba a solucionar todo, trayendo suerte y descanso para todos, que por fin podrían quedarse junto al resto de familiares en la casa, como había pedido Madre en su lecho de muerte, cosa a la que, por supuesto, su hermana se negó.

GERTRUDE - PENTA NAVIDEÑA (2020 - 2021)

 
    Uso un mechero con ínfulas de soplete para reencender una L. Es ya Navidad, aunque todavía es la noche de Nochebuena. Desde marzo, un virus ha convertido todo esto en una fiesta de fantasmas, que no son, al fin, más que opciones sobre las que opinarán los fantasmas de los que ya viene preñado este día, que es una noche que empieza y termina en dos mañanas - ¿Me sigues desde la doblez de virus - qué es un virus, etcétera?. Hayas lo que hayas hecho, continuemos. En la brecha de este tiempo - destiempo, bebo, fumo, y mientras, he engullido Tranxilium, Brintellix, tajadas de seres muertos, Mirtazapina, Zolpidem, pedazos de Nuevo Testamento, Lormetazepam, he  recordado a mis acompañantes que mi padre - cuando era carpintero y comunista - me registró y bautizó Juan. La mujer y el gato que viven (son) conmigo, se fueron a la cama por este tipo de pavanas. Este tipo de rimas. Y por el sueño. El sueño, ¿eh, Segismundo?. Bebo lo que queda del vino de la cena y me quedo mirando morir al lanzallamas del mechero con ínfulas, que sigue todavía en flama, después de dejar de pulsar el clap de encendido. En mi otra (?) vida, trabajo por, entre, con y para pantallas y hoy las he usado para llenar esta casa (nuestra) de fantasmas. Esta casa, atestada ya de sus propios fantasmas. La isla de Lampedusa y El Gatopardo a la vez en la tele. El chiste es el chiste es el chiste, querida Gertrude. No hay rosas. O son como las de las consultas de oncología. Madre a la puerta hay un niño y el pobrecito está en cueros. Madre a la puerta hay un niño y el pobrecito está cueros. El Rosal de Dimes o un Aleph revientan si uno de esos fantasmas de la pantalla te escribe exquisito tía, exquisito. Nunca sabré qué era taure taure taure porque ya no existe la persona que me lo cantaba y lo demás es Info. Eso es todo, Gertrude: fantasmas de, sobre, con, por y entre fantasmas. Info. Mañana mira dentro de tus zapatos: habrá algo que estuvo vivo y ahora arde.

CUENTO CINEMATÓFAGO ANTES DE NAVIDAD - PENTA NAVIDEÑA (2013 - 2021)

    
       Ayer soñé con una tipa que me llevaba a través de un pasillo enmoquetado en rojo: vestía un traje de azafata gris y su piel era muy blanca: me iba diciendo algo en plan asistente de hotel, con una amplía sonrisa que no podía competir con el blanco de su rostro. Daba igual, yo no oía nada: alguien había quitado el sonido igual que se hace con una tele: sólo la veía mover los labios: rojos, usados y gruesos como la moqueta de la que estaban forradas las paredes y el suelo por el que avanzábamos: el techo era un espejo continuo, aunque no recuerdo haber mirado la escena que se reflejaba en él: lo veía todo a través de unos anteojos hechos con dos tubos que enmarcaban mi visión, haciendo de ese foco un lugar extremadamente nítido: al final del pasillo había dos puertas de madera, cerradas, blancas y lisas, con un agujero cada una donde debería estar el pomo: a cada lado se extendía otro pasillo similar al que usábamos nosotros: estuve seguro de que otros pasillos se extendían y repetían de la misma forma que lo hacía éste, aunque no lo vi: dos niños vestidos de traje azul se situaban a izquierda y derecha de esa bifurcación, al lado de las puertas: supe desde el principio que eran niños de San Ildefonso que custodiaban cada uno una puerta: cuatro pasos por delante de ellos había una pequeña mesa de cristal y sobre ella un bombo de metal dorado que tenía un tamaño extraño: parecía no superar la talla de una cabeza humana, y aún así, en él cabían holgadamente tres pomos de puerta, también dorados, con un pequeño saliente cilíndrico cada uno: ninguno tenía esa parte que se usa para meter la llave: eran los tres lisos como espejos: parecían bolas de navidad: debajo del bombo había un cestillo de mimbre, de los que se usan para poner el pan: vi cómo mi mano izquierda giraba una manivela dorada para hacer girar el bombo: paró y me aparté: uno de los pomos quedó en la boca de salida del bombo: el niño de la puerta izquierda se acercó, y tras abrir una pequeña trampilla y dejar que el pomo cayera, lo recogió: vi cómo realizaba el mismo ritual que el que se repite en un sorteo de lotería vulgar: extracción, lectura, canción y muestra al público: yo lo veía todo a través de esos dos marcos circulares negros, como si mirase a través de unos impertinentes, aunque no pude oír lo que decía: todo seguía pasando en un silencio que hacía pensar en el “mute” de un televisor: una vez terminó, el niño de San Ildefonso regresó a su sitio y se quedó parado al lado su puerta, frente a mi visión, alzando el pomo con su mano izquierda: el niño de la puerta derecha me hizo un gesto con la cabeza para que volviese a girar el bombo, cosa que mi mano izquierda volvió a hacer, accionando otra vez la manivela dorada que a su vez hizo girar el bombo: cuando paró y me aparté, el niño se acercó, y tras abrir la trampilla, recogió el pomo caído en el cestillo repitiendo la ceremonia de su gemelo, hasta quedar al lado de su correspondiente puerta, sosteniendo en su mano izquierda el pomo en alto: aunque ambos niños parecían haber leído algo en esos pomos, yo no aprecié ninguna inscripción en ellos: pude mirarlos detenidamente gracias a un zoom que me permitió ver cada pomo cayendo sobre el pequeño cesto de pan que a modo de nido le cabía debajo al bombo: estuve completamente seguro de que ese cestillo de pan era el mismo que el del cuadro de Dalí: estuve seguro de que se lo habían robado a Dalí: los dos niños de San Ildefonso se mantenían ahí parados, hieráticos, cada uno como un reflejo del otro, con un pomo dorado en la mano y detrás las dos puertas blancas en las que estuve totalmente seguro que debía encajar sólo alguno de los que había en el bombo: “alguno” y no “el que yo llevaba”: sin pensar por qué, me acerqué al niño que tenía a mi izquierda y éste me entregó el pomo que alzaba: no había nada en la expresión de su rostro ni en su manera de entregarme el pomo que le diese “intención” a sus acciones: eran movimientos huecos: no sé por qué, pero no inspeccioné el pomo para comprobar si realmente llevaba algo escrito: lo cogí y me dirigí a la puerta que custodiaba el otro niño de San Ildefonso: no tuve sensación de romper regla alguna al coger el pomo de uno y acercarme a la puerta del otro: no pasó nada en particular: el niño de la derecha siguió firme cuando me acerqué a su puerta, con la mano alzada mostrando el pomo que le correspondía: al igual que su gemelo, tenía cuerpo y rasgos pero no expresión que lo “diferenciase”: mi mano izquierda adecuó la posición del pomo al agujero de la puerta e introdujo el pequeño saliente cilíndrico que éste tenía: al encajar, mi mano sintió cómo hacía clic, cosa que confirmó mi sentido del oído: fue el único sonido en todo el sueño: clic: dejé de ver a través de esos anteojos hechos con tubos: giré hacia la derecha el pomo, que cedió con facilidad: abrí la puerta y desperté.