PUBLICIDAD METRO DE MADRID:
“TU NUDO A UN METRO DE TI.”
“TU ODIO A UN METRO DE TI”
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METACHISTE PARA USUARIOS VIDENTES DEL METRO DE MADRID (MÁQUINA 9, 2012)
TRES HOMBRES EN UNA HABITACIÓN (MÁQUINA 6)
Hay tres hombres en una habitación de hotel cuya decoración se acomoda a las necesidades narrativas de la posibilidad de cada lectura. Cada uno de los hombres sabe que está allí para que muera uno de los tres. Uno de ellos sabe que hay uno que siempre miente. Otro sabe que otro es incapaz de mentir. Otro de ellos sabe cuál de los tres tiene que morir. Cada uno sabe que los otros dos no saben lo que él sabe. Y cada uno sabe, a su vez, que cada uno de los otros sabe algo que él no sabe y que no podrá saber jamás. Hablan y hablan, demostrando, cada uno a su modo, gran desenvoltura, igual que tres escorpiones que, encerrados en un terrario, diesen la impresión al observador de esperar que alguno de los otros dos se duerma. El desarrollo de todo esto se acomoda a las necesidades narrativas y a la posibilidad de cada lectura. Uno de los hombres acaba muriendo, y los otros dos miran de frente a cada lectura y abren mucho la boca y los ojos
EL CÓNSUL ROMANO (MÁQUINA 4)
El cónsul romano cenó frugalmente aquella noche. Apenas medio pez del que ni distinguió la raza, vino aguado y pan ácimo. Aún así, soñó de nuevo con una gran cabeza de expresión triste y comprensiva, hermosa a pesar de las marcas vivas de los castigos que le habían y le eran en el sueño infligidos. Sangre, escoria y baba que no mitigaban su hermosura, por el contrario, la hacían más atractiva, como una miel de verdad para una mosca mundana. Y todo eso, a pesar de llevar enroscado por medio de una extraña zarza, un artilugio de cuero que conectaba a través de huecos conductos como arterias a una precisa máquina de embutir, que a través de unos pliegues que respiraban como las agallas de un animal marino, conectaban a su vez con una productiva máquina de palabrear que era alimentada constantemente a través de un embudo en el que una multitud de cuerpos humanos sin atributos sexuales ni distinciones físicas o gestuales, vertían de una forma extremadamente eficiente y ordenada pero extrañamente ansiosa, un tipo de material que el cónsul romano tampoco esta vez llegó a identificar