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METACHISTE PARA USUARIOS VIDENTES DEL METRO DE MADRID (MÁQUINA 9, 2012)

Hermanos en el silencio de los gases desprendidos con mayor o menor disimulo, mezclados con colonias y ruiditos de Smartphone, hojas de presa gratuita, libros enormes “de bolsillo”, portátiles que reinician, tablets llenas de polvo o a saber tú qué, hojas deshuesadas de apuntes que siempre acaban cayendo al suelo, legañas y pinceles de ojos en el precipicio de la marcha inconstante del vagón articulado…. Hermanos en fin, que me rodeáis cada mañana en el interior de uno de nuestros grandes y necesarios y útiles y socialmente sostenibles gusanos mecánicos con que atravesamos la entraña de esta ciudad, ciudad, por otro parte, de la que todos nosotros, conciudadanos del subsuelo y el preferible silencio sin pantallas ni parejas – de, con o sin móvil – como digo, hermanos, en fin, que nosotros sabemos que un día todo se vendrá abajo en esta ciudad hueca, porque si bajamos más tramos de escaleras mecánicas puede ser que demos con el paraíso que dicen que hay en el centro hueco de la Tierra. A vosotros yo os digo esto, que no le puedo explicar a mi mujer ni a mi familia porque todos son conductores de esos que tienen el metro metido dentro de un recuerdo que suele parecerse bastante a esos caramelos asquerosos de café que me daban de niño los viejos. A vosotros, hermanos desconocidos de nombre y de historia, pero hermanos dentro del gusano, yo os digo que también me entretengo leyendo estas cosas:

PUBLICIDAD METRO DE MADRID:
“TU NUDO A UN METRO DE TI.”
“TU ODIO A UN METRO DE TI”



TRES HOMBRES EN UNA HABITACIÓN (MÁQUINA 6)

Hay tres hombres en una habitación de hotel cuya decoración se acomoda a las necesidades narrativas de la posibilidad de cada lectura. Cada uno de los hombres sabe que está allí para que muera uno de los tres. Uno de ellos sabe que hay uno que siempre miente. Otro sabe que otro es incapaz de mentir. Otro de ellos sabe cuál de los tres tiene que morir. Cada uno sabe que los otros dos no saben lo que él sabe. Y cada uno sabe, a su vez, que cada uno de los otros sabe algo que él no sabe y que no podrá saber jamás. Hablan y hablan, demostrando, cada uno a su modo, gran desenvoltura, igual que tres escorpiones que, encerrados en un terrario, diesen la impresión al observador de esperar que alguno de los otros dos se duerma. El desarrollo de todo esto se acomoda a las necesidades narrativas y a la posibilidad de cada lectura. Uno de los hombres acaba muriendo, y los otros dos miran de frente a cada lectura y abren mucho la boca y los ojos

EL CÓNSUL ROMANO (MÁQUINA 4)


El cónsul romano cenó frugalmente aquella noche. Apenas medio pez del que ni distinguió la raza, vino aguado y pan ácimo. Aún así, soñó de nuevo con una gran cabeza de expresión triste y comprensiva, hermosa a pesar de las marcas vivas de los castigos que le habían y le eran en el sueño infligidos. Sangre, escoria y baba que no mitigaban su hermosura, por el contrario, la hacían más atractiva, como una miel de verdad para una mosca mundana. Y todo eso, a pesar de llevar enroscado por medio de una extraña zarza, un artilugio de cuero que conectaba a través de huecos conductos como arterias a una precisa máquina de embutir, que a través de unos pliegues que respiraban como las agallas de un animal marino, conectaban a su vez con una productiva máquina de palabrear que era alimentada constantemente a través de un embudo en el que una multitud de cuerpos humanos sin atributos sexuales ni distinciones físicas o gestuales, vertían de una forma extremadamente eficiente y ordenada pero extrañamente ansiosa, un tipo de material que el cónsul romano tampoco esta vez llegó a identificar