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RELATO PLACENTARIO (CUENTOS CINEMATÓFAGOS, 2016)

A las 3:47 del viernes 25 de julio de 2014, el coso entró y lo recubrió todo, haciendo de mi cuerpo un molde que apenas dejaba unos milímetros de separación entre él y yo, espacio que se llenaba por algo que no he logrado nunca entender pero que es una especie de denso y frío líquido placentario/amniótico y que me deja fuera del contacto físico con las cosas. Desde ese día estoy pero no puedo ni siento en realidad nada como antes. Sólo tengo emociones estéticas. No sé lo que quiero que entiendas con eso, pero es lo que realmente pasa. El coso, tras un par de meses de acoplamiento y lucha por dominio, se pone entonces a vivir mi vida. Y la mejora. Mejora la vida afectiva y sexual de mi mujer y la de M, a la que sigo (sigue) visitando los días en que ir al gimnasio no es ir al gimnasio. Y más: ha conseguido, no ya mejorar mi trabajo: ha conseguido que ya no me dedique a nada más que a escribir y escuchar discos de Nacho Jaula en albornoz y gafas de sol . Cómo? Ahora soy (somos, es) rentista. Tres casas y dos naves comerciales heredadas tras las muertes de mis padres y mi hermano, 8 años menor que yo. Lo de mi mujer ha sido espectacular. Gracias a las mañas del coso, ella es ahora realmente una mujer plena y feliz. Conocer a M y nuestra disciplina fue la llave. Ahora M y yo lo grabamos todo para mi mujer, y ella ahora hay días que no va la escuela oficial de idiomas para certificarse en el B2 de inglés. Al menos, no a la que dice que va.

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UN TITÁNIC (CUENTO CINEMATÓFAGO, 2016)

¡Oh capitán mi capitan! Dígame ¡Las ratas ya han abandonado el barco, capitán mi capitán! No todas - usted sigue aquí. Pero yo no soy una rata, capitán mi capitán: yo soy una zarigüeya: además, usted también sigue en este barco ¡Pero yo soy el capitán de este barco! No ¿Cómo dice usted, zarigüeya?. Digo que usted no es el capitán de este barco: sólo cree que lo es porque yo le digo todo el rato capitán mi capitán: aquí no hay nadie: sólo usted y yo, capitán mi capitán ¡Maldita sea, usted es una rata! Sí, es cierto: no soy una zarigüeya: soy una rata - usted es otra: somos las dos ratas del barco: yo estoy aquí porque usted me trata como si fuese una zarigüeya ¡Vaya, es usted una persona con objetivos! ¡Sí capitán mi capitán! ¡Eso me gusta en una zarigüeya! ¡Lo sé! ¿Escucha usted a la orquesta? ¡Por supuesto, capitán mi capitán!

CUENTO CINEMATÓFAGO DE ESPEJOS (2010-2013)


Estabas atado a una funcional silla de hierro forjado, muy propia de la Inquisición española que tanto te había apasionado en tus años bárbaros. Sentado y atado a una silla que pesaba un quintal dentro de una habitación completamente acristalada en la que unos tipos iguales a ti estaban atados a la misma silla y luchaban con la misma soga y mordían la misma mordaza, luchando ridícula y desesperadamente, igual que tú. La misma mordaza, el mismo traje gris de la entrevista, igual que tú. Entonces comprendiste y todos dejasteis de apretar la mordaza. Mirabas tan de cerca a los ojos de la mosca que creías que 


CUENTO CINEMATÓFAGO SOBRE TAMBORES DE HOJALATA (TETRA NAVIDEÑA)



Teniendo 7 años y siendo ya el encargado en clase de apuntar en la pizarra a los alumnos que no guardaban la compostura adecuada las veces que doña Eloísa se tenía que ausentar por algo que la pasaba debajo de un almendro, vi a los Reyes Magos. Y no es que me quedase esperando a que viniesen, que quede claro. Fue algo, digamos, fortuito y que, en el fondo, visto ahora, tiene cierta gracia, no sé…. ¿poética? El caso es que tenía 7 años y me había levantado a mear porque me había bebido la leche que dejó mi madre para los camellos. Lo había hecho yo a modo de mofa por esta farsa de los Reyes Magos, en la que nunca llegué a creer, pues siempre supe que era el esfuerzo de mis padres por ofrecerme la mejor mierda que pudieran conseguir con sus ridículos y mal pagados trabajos. El caso es que me había puesto morado y me entraron ganas de orinar a las tantas. Mientras bajaba al baño, desde la escalera, los vi. Los Reyes Magos. Los Tres Reyes Magos de Oriente. Tres fantasmas muy tristes, escuálidos, andrajosos en sus vestimentas regias, atados por los pies entre ellos por una cadena de plata, que con triste ceremonia, dejaron sobre mis zapatillas vacías oro, incienso y mirra. Luego se fueron, se difuminaron en la oscuridad del salón, abriendo mucho las bocas y los ojos mientras desaparecían al mismo tiempo que echaban a caminar. Todo en el más absoluto silencio. Luego bajaron mis padres. Había pasado como una hora y yo ya estaba en la cama, pegando la oreja y fingiendo que dormía. Oí el ruido de bolsas y el llenarse de vasos y el crujir de papel de regalo. Cuando bajamos a la mañana siguiente desenvolví un coche teledirigido, un airgamboy y un plumier.

CUENTO CINEMATÓFAGO - LA PRIMERA COMIDA DEL AÑO (TETRA NAVIDEÑA)



Me desperté bocarriaba encima de la cama. Sin encender ninguna luz, respiré profundamente y estiré mi joven y delgado cuerpo de adolescente. Sentí el pequeño y gratificante dolor al tensar los músculos después de una borrachera como aquella. Abrí los ojos para ir acostumbrándome a esos hermosos ojos verdes de la noche. Una enorme foto de cuerpo entero en blanco y negro de Pessoa ocupaba la parte que coincidía con el largo de la cama. El blanco de la foto parecía brillar tenuemente en la oscuridad, y estaba colocada de tal forma, que mi nueva cabeza coincida exactamente con la de aquel hombre hueco de gafitas redondas. Según los ojos se me acostumbraban a la oscuridad, la imagen se hacía cada vez más nítida. Cerré los ojos. Eras un personaje. Me sonreí recordando lo que habría pasado por esa cabecita para acabar poniendo eso ahí. Tenías que serlo, porque brillabas como una señal de alerta. Delicioso Ruidos provenientes de la planta baja me hablaron de la actividad que había en la casa. Una casa grande por donde correteaban al menos 10 o 12 personas, de edades que iban del nonato al nonagenario. Metí los restos y el revoltijo de ropa en una bolsa grande de deporte que, tanteando, encontré debajo de la cama. Bajé a desayunar, o a comer, o a lo que tocase. 


Saludé y todos me dieron los buenos días. Cada uno de una manera distinta, más o menos perceptible, más o menos aparatosa. Uno de los hombres adultos, poniendo sus labios muy cerca de mi oído al abrazarme, me pidió que le contara luego, con pelos y señales lo de la pelirroja de ayer. Yo sonreía mientras iba sintiendo una lenta oleada de calor mezclada con una agradable y pastosa sensación de hambre que se concentraba en mi boca. Un plato de consomé caliente y una caricia en la nuca. Un beso y platos cruzando por encima de la mesa, entre las manos. Una mujer muy mayor, con ojos negros y pequeños, me miraba y se sonreía, moviendo ligeramente la cabeza. Me recordaba a uno de aquellos mascarones del Coro, en las Tragedias de mi querido sosia ¿o eran Comedias? Cronos es más lento pero igual que la negra Ker. Todo lo acaba borrando, aunque antes lo morfa. Mientras metía la cuchara llena de consomé en mi boca y notaba como mi organismo recién estrenado agradecía aquel líquido espeso y caliente, tuve la certeza de que podría quedarme para siempre en ese cuerpo y no volver a conseguir otro huésped. Fue un hermoso pensamiento que enseguida se desintegró ante el recuerdo del plazo de tiempo del que disponía. Y de lo que debía hacer.


CUENTO CINEMATÓFAGO ANTES DE NAVIDAD (TETRA NAVIDEÑA)



Ayer soñé con una tipa que me llevaba a través de un pasillo enmoquetado en rojo: vestía un traje de azafata gris y su piel era muy blanca: me iba diciendo algo en plan asistente de hotel, con una amplía sonrisa que no podía competir con el blanco de su rostro. Daba igual, yo no oía nada: alguien había quitado el sonido igual que se hace con una tele: sólo la veía mover los labios: rojos, usados y gruesos como la moqueta de la que estaban forradas las paredes y el suelo por el que avanzábamos: el techo era un espejo continuo, aunque no recuerdo haber mirado la escena que se reflejaba en él: lo veía todo a través unos anteojos hechos con dos tubos que enmarcaban mi visión, haciendo de ese foco un lugar extremadamente nítido: al final del pasillo había dos puertas de madera, cerradas, blancas y lisas, con un agujero cada una donde debería estar el pomo: a cada lado se extendía otro pasillo similar al que usábamos nosotros: estuve seguro de que otros pasillos se extendían y repetían de la misma forma que lo hacía éste, aunque no lo vi: dos niños vestidos de traje azul se situaban a izquierda y derecha de esa bifurcación, al lado de las puertas: supe desde el principio que eran niños de San Ildefonso que custodiaban cada uno una puerta: cuatro pasos por delante de ellos había una pequeña mesa de cristal y sobre ella un bombo de metal dorado que tenía un tamaño extraño: parecía no superar la talla de una cabeza humana, y aún así, en él cabían holgadamente tres pomos de puerta, también dorados, con un pequeño saliente cilíndrico cada uno: ninguno tenía esa parte que se usa para meter la llave: eran los tres lisos como espejos: parecían bolas de navidad: debajo del bombo había un cestillo de mimbre, de los que se usan para poner el pan: vi cómo mi mano izquierda giraba una manivela dorada para hacer girar el bombo: paró y me aparté: uno de los pomos quedó en la boca de salida del bombo: el niño de la puerta izquierda se acercó, y tras abrir una pequeña trampilla y dejar que el pomo cayera, lo recogió: vi cómo realizaba el mismo ritual que el que se repite en un sorteo de lotería vulgar: extracción, lectura, canción y muestra al público: yo lo veía todo a través de esos dos marcos circulares negros, como si mirase a través de unos impertinentes, aunque no pude oír lo que decía: todo seguía pasando en un silencio que hacía pensar en el “mute” de un televisor: una vez terminó, el niño de San Ildefonso regresó a su sitio y se quedó parado al lado su puerta, frente a mi visión, alzando el pomo con su mano izquierda: el niño de la puerta derecha me hizo un gesto con la cabeza para que volviese a girar el bombo, cosa que mi mano izquierda volvió a hacer, accionando otra vez la manivela dorada que a su vez hizo girar el bombo: cuando paró y me aparté, el niño se acercó, y tras abrir la trampilla, recogió el pomo caído en el cestillo repitiendo la ceremonia de su gemelo, hasta quedar al lado de su correspondiente puerta, sosteniendo en su mano izquierda el pomo en alto: aunque ambos niños parecían haber leído algo en esos pomos, yo no aprecié ninguna inscripción en ellos: pude mirarlos detenidamente gracias a un zoom que me permitió ver cada pomo cayendo sobre el pequeño cesto de pan que a modo de nido le cabía debajo al bombo: estuve completamente seguro de que ese cestillo de pan era el mismo que el del cuadro de Dalí: estuve seguro de que se lo habían robado a Dalí: los dos niños de San Ildefonso se mantenían ahí parados, hieráticos, cada uno como un reflejo del otro, con un pomo dorado en la mano y detrás las dos puertas blancas en las que estuve totalmente seguro que debía encajar sólo alguno de los que había en el bombo: “alguno” y no “el que yo llevaba”: sin pensar por qué, me acerqué al niño que tenía a mi izquierda y éste me entregó el pomo que alzaba: no había nada en la expresión de su rostro ni en su manera de entregarme el pomo que le diese “intención” a sus acciones: eran movimientos huecos: no sé por qué, pero no inspeccioné el pomo para comprobar si realmente llevaba algo escrito: lo cogí y me dirigí a la puerta que custodiaba el otro niño de San Ildefonso: no tuve sensación de romper regla alguna al coger el pomo de uno y acercarme a la puerta del otro: no pasó nada en particular: el niño de la derecha siguió firme cuando me acerqué a su puerta, con la mano alzada mostrando el pomo que le correspondía: al igual que su gemelo, tenía cuerpo y rasgos pero no expresión que lo “diferenciase”: mi mano izquierda adecuó la posición del pomo al agujero de la puerta e introdujo el pequeño saliente cilíndrico que éste tenía: al encajar, mi mano sintió cómo hacía clic, cosa que confirmó mi sentido del oído: fue el único sonido en todo el sueño: clic: dejé de ver a través de esos anteojos hechos con tubos: giré hacia la derecha el pomo, que cedió con facilidad: abrí la puerta y desperté.


CUENTO CNEMATÓFAGO (NO SON ESOS PÁJAROS)

En el sueño que te digo que tengo y que me da asco porque sé que es un fake de los Pájaros de Hitchcock, hay un montón de pájaros oscuros esperando en una fila inmensa, colgados de los tres cables que iban de poste a poste enfrente de la casa de mis padres. Porque yo tenía una ventana en la segunda planta de la casa de mis padres que daba a una montaña que, debido a los juegos de la óptica, parecía estar atravesada por los cables de alta tensión del tendido eléctrico. Por supuesto, te hablo mucho antes del cable coaxial. Te hablo de los teléfonos decádicos y los taxis negros. Los pájaros que se apretaban en los cinco cables de la luz que, como en un pentagrama, colgaban de palo a palo por todo el barrio de la Cooperativa. Sí, sé que antes he dicho tres cables. Y sér que lo normal en aquella época, solían ser 4: ahora he dicho cinco porque eso es una licencia poética para que todo vaya cogiendo forma. Te he dicho que lo iba a decir todo ahora miso, y como comprenderás, todo, así, de golpe, no lo puedo contar sin licencias poéticas porque hace tantos años que me pasa que ya no sé decirte los detalles, cómo decirte.... empíricos. Do you knok? Short people, Du yu Nou? Eh men? Yu nou? Sigamos con los bichos que cuelgan y que sé que están ahí por mí. Esperando. No sé que esperan ni que les he hecho. Pero me están esperando. No sé qué me van a hacer. Pero están ahí. Gordos y oscuros. Me clavan sus cien mil ojos de pájaro, negros y pequeños como brocas de madera. Sí. Cien mil es otra licencia. Hay una fila, dos, tres... hay una serie indeterminada de cables que están tirados de palo a palo por todo el barrio (el camp abierto entre el aserradero, la bodega, la almazara y la fila de casas del barrio). Yo tengo vista de todos esos cables y también del cielo abierto y de las montañas que se extiendien lejos y cerca, frente a mi ventana en el segundo piso. Y los cables atraviesan el cielo porque van de lado a lado del barrio y están llenos de pájaros. Todos de la misma especie. No iguales (los tengo muy vistos). De la misma especie. Te jodes.Que eres un listo y crees que esta historia te la he contado mil veces. Imbécil. El ojo por el que miro es uno solo. Los pájaros que me vigilan y que algo quieren de mí no son negros, son oscuros. Imbécil. Son tordos. Te das cuenta ahora que en este cuento todo está al revés? Pero cómo que qué son Tordos ¿No sabes por dónde cuelgan los Tordos? Si es que al final te voy a tener que dar una hostia. Cara de cera. Short people? Sabes al menos de lo que te hablo cuando digo Short Pepole? eh, jodido muñequito de iron man? Short people, joder, de Randy Newman. Me cago en dios, anda tira que nos quedan 2 minutos de descanso y acabas de lavarte los dientes. Joder qué tío. Si no sabes ni quién es RN y todavía me dices. Anda, tira. 



(Metajuanismo e IPA dedicada a Mr. Torder que sólo él podrá leer en toda su soberbia maestría humorística. Así me las gasto de monodosis.)