POLICHINELA TIENE QUE DORMIR (NI UNA PALABRA MÁS 2013)



        Esta vez, haciendo un escorzo en imitación de uno de esos figurines de postal que se podían conseguir en cualquiera de las tiendas de suvennires de las capitales de las que habían llegado, por la mañana, los reyes, Polichinela ocupó el centro que la distribución circular de butacones, sofás, sillas y diván, dejaba en el ajedrez ocre del suelo del salón. Aquel salón al que Polichinela había obligado a todos en la casa a llamar Salón Danés, bajo amenaza sucinta de que si alguno delante de él no lo hacía, entraría en el mismo trance que aquella mañana en que, terminadas las obras que como cada verano su madre había organizado en el palacio, Polichinela había entrado distraidamente en aquel nuevo espacio vacío, mientras jugaba con un gorrioncillo que había encontrado en el patio, para salir corriendo al rato, cantando a voz en grito que una voz le había atravesado la cabeza justo cuando estaba en el centro de la habitación, obligándole a apretar las manos con mucha fuerza y a correr gritando en alejandrinos que su padre había sido asesinado.

            Señoras y señores del jurado, dice ahora Polichinela, desde el centro del Salón Danés, mirando, con esa extraña habilidad que tiene, a todos y cada uno de los reyes a la vez. ¿ven la manzana? y, haciendo el gesto de mostrar en la palma de la mano una hermosa y reluciente manzana conceptual, la recoge, diciendo ¿ven? ahora yo miro la manzana, y remarcando la garrita de tres dedos  índice, anular y corazón con que se alza su amanita izquierda – apresa un trozo de vacío y lo acerca a su boca, y, tras mirar, dice, ¿ven? ahora muerdo la manzana, y tras arrancar un bocado que le hace cerrar místicamente los ojos, dice ¿ven? ahora mastico la manzana, y tras masticar menos de 33 veces por cuestiones escénicas y ya con los enormes ojos verdes abiertos: ahora, trago la manzana, y, traga la manzana, para finalizar, con fina y estudiada voz ceremonial, señoras y señores del jurado, yo les pregunto ¿qué es ahora la manzana?

            Polichinela ha conseguido hacer que su cuerpo, sin salir del cuadro del baldosín que ocupan sus piececitos, gire sobre sí mismo acompañando a su mirada mientras declamaba esta última sentencia, cuya hoz, interrogativa final, corta en sus adentros las cabezas de todos y cada uno de los reyes. El Salón Danés se cuaja de un silencio denso, que permite escuchar a Polichinela el tintineo de los hielos en los vasos. Dos manos grandes y pesadas se elevan a la altura de una cara. Aplauso del primer rey. Aplauso de los demás reyes. Aplauso general. El Salón Danés arde muy despacio en los vasos cortos y pesados, deshaciendo los hielos. Elo,  haz el favor, acércate al garaje y tráete unas cocacolas y unos hielos, anda, que a tu cuñado se le está aguando el güisqui. Y haz el favor de llevarte al artista, que ya es tarde y se le nota que tiene que dormir. Como te decía, hermano, desde provincias y trabajando en la Caja, se ve todo de aquella manera. El caso es que el gobierno, con este asunto, lo tiene negro de cojones. Es un escándalo y esta vez no va poder salirse con la suya, por muy listo que sea, el Encantador. Ya puede poner a quien quiera por delante. Esta vez, o se explica o se cuelga de uno de esos bonsáis que tiene, el muy prestidigitador.

            Polichinela abandona el Salón Danés, después de dar dos besos a cada uno de los principales de la sala. Cogido de la mano de Eloísa, imagina cómo ruedan (porque rodarán) las cabezas de los reyes. Algún día.